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5.05.2008

las ciudades en donde he vivido no han sido, hasta este momento, resultado de una decisión propia.

primero la herencia materna. nací entre un calor húmedo y un verde intenso. recuerdo la casa grande de pisos color café. la cocina llena de luz, el patio lleno de árboles, gatos y un perico. el mercado con pedazos de animales muertos, las flores, el ruido, la mano antes de cruzar la calle. la comida, la playa cerca. mis abuelos y su enorme cama, las paredes que decoraba con crayolas. el muro de ladrillos en el patio, los ladrillos que se hacían polvito. mis primos y el cuarto lleno de cosas viejas. la hamaca y la pared contra la que nos estrellabamos.
luego la huerta. recuerdo el polvo y los pollitos. los cerditos que nacieron cuando no estábamos. la boris y casi nada más.
después vino el bosque que rodeaba todo. verde seco. juan. la escuela y otros niños. el mudo y la soledad cuando la mamá se iba. el señor vecino. los columpios hasta el cielo. la mesa de la pata pegada con plastiloka. santa en un tren carguero. la nena y sus pelitos parados. elia y don chalo. las pinzas en la tele para cambiar de canal. las pinzas en la camioneta azul para cambiar de velocidad. alfredito. los días en el campo. la iglesia y las flores para la maría. la casa nueva, nuestra. la bajada en bicicleta. la vía del ferrocarril. el patio vecino, la hierba y el charco. la tierra. el aserrín. los viajes. los hongos en la madrugada. el maíz y las lluvias de todos los días en verano. el bebe con sonrisa de sol. la plaza con resbaladeros de concreto. uno en casa. las calles, los adoquines, el empedrado. chutoño. el lago, las lanchas. la nieve y los pinos altos.
ahora tengo una ciudad donde el sol abrasa. el tren me sigue de cerca. los camiones urbanos y sus leyendas graciosas. la gente que no conozco. no hay verde, no hay agua. hay un señor que alimenta millones de palomas en una banca del parque. el mismo parque en donde un pancho villa grita desde la tumba en donde nunca ha estado. las adelitas cruzan los pasos peatonales guiando a un montón de niños de primaria. las cuadras enteras sin edificios. las plazas sin sombra. los atardeceres dorados, rosas, naranjas. el amanecer frente a una computadora. muchos buzones iguales. vagabundos sin zapatos que duermen bajo los restos del acueducto. hay naranjos que salpican el concreto. mariscos con catsup que no saben bien. arquitectura y los ojos que empiezan a cambiar. hay una puerta en una calle, hecha con montones de pedazos de metal, oxidados y soldados. las calles son largas y cambian su nombre. a las dos no hay más alcohol legal. me hipnotiza el cielo y las bandadas de pájaros que lo cruzan cada tarde.


las ciudades en donde he vivido, hasta este momento, han sido resultado de múltiples experiencias propias.

a dónde iré ahora. qué cielo habrá. qué luz. qué verde.

4.11.2008

asco

el mostro dice que es impresionante que muy pocas cosas me den asco, digo, no soy muy girly en ese aspecto. pero sí hay muchas cosas que me dan asco, unas son convencionales, otras de plano no, veamos si las recuerdo todas:

1. la sensación de la grasa en el paladar. odio comer tripas y esas cosas que aunque algunos aseguran que son riquísimas, de plano no puedo con ellas.

2.el olor a humedad. no cuando llueve, sino cuando se te olvida la ropa en la lavadora, o tienes que meterla antes de que esté completamente seca. no me es posible usar esa ropa hasta que la vuelva a lavar. creo que me falta una secadora.

3. la idea de encontrar una fruta demasiado aguada y/o podrida mientras elijo las que voy a llevar en el super. digo me ha pasado una o dos veces, que agarras algo que está a punto de deshacerse en tus manos. mucho, mucho asco, pensar que me puede volver a pasar en cualquier momento.

4.el olor a saliva en los labios. sí. después de un gran beso debo abstenerme de percibir los olores.

5.tocar un sapo, una vez me pasó que se mimetizó con la piedra en la que yo estaba jugando y era aguado y completamente asqueroso.

6. las cucarachas, sobre todo las tamaño familiar que hay en los mochis...ijole! y desde que pisé una con un pie descalzo, peor aún.

7. las personas que tuvieron serios problemas de acné en la adolescencia y su piel quedó marcada... lo siento pero no puedo tocarlas.

8. el olor a camión, no se que tiene el autotransporte mexicano, quizá son los productos de limpieza que usan, pero todos los camiones huelen igual. siempre me dan ganas de vomitar.

9. la lengua de los gatos, diiiug! tiene pelos blancos.

10. las manchas de sudor en la ropa, no es sexy, no.

mmm... creo que eso es todo, creo que reconsideraré la primera parte, donde dije que no era girly.

6.11.2007

Mi libro de cabecera está en el suelo, entro al baño y el otro está allá abajo, también. Si esto es una señal, solo puede serlo de que Diana se ha levantado tarde, que cuando eso sucede y debe llegar a la escuela, tira todo a su paso. Los levanto y acaricio, pido perdón por lo que sea que los haya puesto ahí. Pienso, camino y escucho, mientras camino por esta estrecha y soleada calle, debo detenerme en el semáforo, y ahí está, como si lo esperara. Entre dos señoras gordas, más alto que ninguno, oscuro en la sombra, yo casi atravieso la calle con el semáforo en verde. El corazón palpita tan a prisa que, dudo si no es mi cabeza la que está bombeando la sangre en esta ocasión. Tal vez es la falta de luz en su piel, o el exceso de sol que cae sobre mis ojos, el contraste no me deja entender. El semáforo aún no ha cambiado.

Diez pasos y uno arriba de la banqueta. Obsérvame. Curioso. Ríe. Me volteo. Mi mano en la bolsa. Dos pesos y cincuenta fuera del pantalón, ahora en mi mano. Mis ojos buscan un camión amarillo. Sus ojos en mi nuca. La urgencia de voltear y la necedad para no hacerlo. Está bien, solo un momento, pondré mis ojos en los suyos y regreso a la necedad. A esperar el camión. Ojos blancos, grandes, viendo a los míos. Dientes perfectos. Perspectiva agradable. No alcanzo a decidir si quiero quitarme los lentes oscuros. Ven. Acompáñame. Sígueme. Atraviésame. No dejes de mirar. Mis ojos no. Me volteo.

Un camión amarillo, no me iré. Acércate. Vamos. Háblame. Pregunta, que tengo y tienes dudas, seguro. No des vuelta. Camina. No muevo mi cabeza. Sus labios dicen y no entiendo, sonidos agradables que caen unos sobre otros como en una canción, me niego a quitarme esto del oído y darme cuenta que realmente no le entiendo. Quizá sea francés lo que el habla y no escucho. Amarillo al frente. Lo miro. Sonrío. No me quito los lentes. Me subo.

Movimiento, vibrante horizontal. Mi mano en un tubo. Tus ojos en la ventana deslizándose a la velocidad del camión, los míos siguiéndote. Enajenador el movimiento y las imágenes, que se deshacen en hilos, con tu rostro entre ellos, dejándote atrás.

Diana, he perdido al padre de mis hijos. ¿Dónde lo dejaste? En la parada de la ocampo. ¿Y tú? Pues aquí, pensando: ¿cuántas veces, en esta ciudad, volveré a encontrarme un negro en el camión?, oye, ¿tú tiraste mis libros?